Igual, hubo una entrada que me gustó, no sólo porque fue bastante visceral, si no porque marca un tiempo que no reconozco más como mío. Hoy mis mañanas no tienen duchas, ni salidas a los colegios de mis hijos, ni loncheras, ni profesoras ni nada. Ahora son lánguidas, lentas y pacíficas. Mis hijos tampoco corren pero saben cuándo hacer qué y se van solos. Yo despierto y tomo desayuno sentada al lado de mi esposo que, aunque con deberes matutinos, tampoco tiene apuros.
La época en la que escribí esta entrada fue una época en la que, aunque intentaba, me costaba muchísimo reconocerme. No sólo porque estaba rodeada de deberes que tenían poco que ver conmigo, si no porque esos mismos deberes me dejaban poco tiempo para mirarme, escucharme, sentirme, tocarme y darme ese placer privado de mirarse a los ojos frente al espejo y revisar cada poro de uno mismo.
Aquí les dejo la entrada en cuestión:
Me siento frente a la compu, sola en casa, sólo con Blitz (mi Cocker Spaniel), repaso esta mañana que de tan frenética se contrapone brutalmente con este momento que vivo. Eso de despertarse, correr, levantar a los niños, bañarse, correr, ayudarlos a vestirse, correr, hacerlos correr, vístete y luego puedes ver tele hasta que sea hora de salir, secarse el pelo corriendo, hacer loncheras, salir, volver a entrar porque uno se olvidó la lonchera, volver a salir, correr para alcanzar el tranvía, hablar en inglés con la profesora de uno, otro tranvía, hablar en alemán con la profesora de otra, que aunque habla inglés jamás me dejó hablarle en otro idioma que no sea el local (así practico), mirar a mi hijo quedándose solo y tranquilo en un lugar ajeno, mostrando sus zapatos nuevos de Spiderman y su mochila de dinosaurio. Adiós Jakob, le digo sin recibir respuesta porque ya está metido en encontrar los legos para jugar y eso es más importante que su madre que lo va a dejar con una profesora linda (tú también eres linda mami, pero la profesora es linda y me puedo quedar con ella). Camino hasta la puerta y el frío me salta a la cara y la soledad me salta también y no sé qué decir ni qué hacer y esa canción de Cranberries que estaba atormentándome toda la mañana vuelve a sonar y vuelvo a tararearla como he hecho toda la mañana y entonces me doy cuenta de que puedo usar los audífonos y aplacar todo recuerdo del mundo, de mi condición de madre, de inmigrante, de mujer sin trabajo y de todo lo que usted quiera llamarme. Y entonces desaparezco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario