25/9/07

ESPERANZA (un tipo en el cusco, 1999)


Esperanza vivía en el mar verde como la esperanza, y aunque esa noche andaba demasiado lejos de la esperanza, Esperanza soñaba con el mar. Las montañas la cubrían, las negras montañas del centro del mundo, Infierno para algunos, paraíso para Esperanza.
Había salido demasiado temprano del hostal y había caminado durante horas por la plaza, sus ojos volaban, y volaban porque es fácil para una peruana dejar volar sus ojos ante lo amarillo. Pero no era por lo amarillo por lo que había salido temprano, había sido simplemente el aburrimiento; los libros se acabaron, el agua se enfrío, la cama se recalentó y la soledad de los muros la aplastaba. La noche anterior él la había despedido, serían sólo dos días de soledad, sólo una noche. Esperanza perdió esperanza, pero no lloró.
Había salido demasiado temprano del hostal, demasiado temprano para ver gente en los bares o escuchar música de las discotecas, demasiado temprano para ver llover estrellas, demasiada civilización para ver llover estrellas. Las estrellas en Lima son grises como el cielo, por eso nunca se ven; en el Cuzco son amarillas, como las luces de la ciudad, por eso tampoco se ven. Detrás de sus párpados las estrellas eran rojas, por eso se veían a pesar de la obscuridad; pero ese día había salido demasiado temprano.
Se sentó en una banca de la plaza y observó, luego caminó por las calles aledañas y siguió observando, más tarde, cuando ya no fue tan temprano entró en un bar, se sentó en la barra, pidió un vodka puro y jugo de limón como él le había enseñado y cerró los ojos. Pronto los abriría de nuevo, pronto habría por qué abrirlos. Lo amarillo se le acercó, lo amarillo le habló y la sedujo. Esperanza recordó el mar y lo miró a los ojos, Esperanza le recordó a él y cerró los ojos. También recordó lo que solía decir alguien por algún lado "Cuando el placer es sólo placer, la cama amanece medio vacía". Esperanza estaba demasiado acostumbrada a la cama completamente llena y se despidió antes de adentrarse mucho en la conversación.
Cinco días después él no había vuelto, Esperanza empezaba a olvidarse del mar y las ruinas la obscurecían demasiado ya. Volvió a salir demasiado temprano ese día, volvió a sentarse en la plaza observando, volvió a caminar por las calles aledañas observando y volvió a meterse al mismo bar con el único propósito de cerrar los ojos; y tampoco esta vez lo pudo hacer.
El mismo color, la misma cara, las mismas palabras, sólo Esperanza parecía no ser la misma. Esperanza volvió a recordar el mar, y decidió alegrarse un poco, se hizo llamar Olvido y bailó hasta desahuciarse, tomó vodka con limón hasta olvidar por qué lo tomaba y Olvido terminó en una cama ajena, en una noche obscura y sin estrellas ni siquiera en sus ojos cerrados. Olvido quiso tanto esa noche que al amanecer la cama estaba completamente vacía.
Esa mañana Olvido volvió a ser Esperanza, pero por otro él, esta vez él había cambiado de color, de acento y de palabras; había cambiado en su forma de acariciar, de besar y de morder. Esa mañana un él que ella ya no recordaba apareció en el hostal, Olvido no volvió a ser Esperanza, Esperanza no volvió a ver el mar.

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