5/10/07

Azul (Iván 1999)

Hace mucho tiempo alguien me preguntó de quien debía ser la Fanta, si del dueño del líquido o del dueño de la botella. En ese momento pensé que el líquido podría ser trasladado a cualquier envase y seguiría siendo Fanta, pero ahora comprendo que la Fanta no es Fanta sin su botella. Ivan, esto es tuyo.


Azul era azul desde mucho antes de conocerle. Azul se pintaba de azul y salía a las calles. Azul miraba el cielo vestido de azul y teñía sus ojos de azul. Azul reía mucho y eso no era muy azul que digamos, pero a nadie le importaba. Conocí a Azul mientras bailaba y mientras bailaba me besó, y mientras me besaba sabía que Azul jamás me besaría, pero eso a nadie le importaba. Un día Azul y yo decidimos zarpar y fue cuando nos encontramos y fue cuando nos hicimos amigos y fue cuando nos conocimos de verdad y me contó su historia.

Azul despertaba todos los días y veía el techo de su cuarto pintado de azul, y luego se levantaba y miraba su rostro en el espejo y también lo veía azul, sus muebles eran azules y sus manos más azules aún, su pelo azul y su vida azul blue. Muchos consideraban que eso era anormal, pero Azul veía todo como él quería y hacía más o menos lo que él quería... y eso a nadie le importaba. Azul y yo compartimos muchos días y muchas noches bajo el cielo azul para ambos, rodeados del mar azul para ambos y empecé a comprenderle más que nadie. Pero mi comprensión es intransferible, así que me remitiré al punto... porque las comas me dejaron de gustar cuando conocí a Azul.

Había nacido en un cuarto azul, de padres entre rosados y amarillos, su cuna era blanca y su ropa de muchos colores. El techo de su cuarto nunca lo recordó porque estaba demasiado lejos para sus ojos. Su madre vestía mucho de rojo y su padre mucho de negro, su madre olía a jazmines y su padre olía a incienso, pero eso último a nadie le importaba. Casi al año empezó a dar sus primeros pasos, después vinieron sus primeras palabras, luego sus segundas, luego sus terceras, luego las figuras, los nombres, los animales, los objetos y por alguna razón sus padres se olvidaron de enseñarle los colores. Así que fue muy grande ya –entre los cinco y seis años– cuando aprendió lo que era un color. Y Azul me contaba con estupefacción la euforia que sintió al darse cuenta de que había una forma de distinguir una pared de otra, un papel de otro, una uña de otra, unos ojos de otros, una cara de otra, sus ojos del rostro de su madre. Y fue cuando se dio cuenta de que el color era lo más importante, fue cuando se dio cuenta de que nada tenía más importancia que la pared de su cuarto. Fue grande cuando pudo lograr que le llamaran Azul –entre los diez y doce años– cuando su cuarto se transformó en una caja azul y sus padres en muñecos azules colgando del techo, cuando su ropa era azul y sus comidas obligaciones azules, sus vicios hechos azules y sus amigos... cosas de otros colores.

A nadie le habría importado la obsesión de Azul si un día no se hubiera levantado y, después de mirar cada pared y cada objeto de su cuarto, no hubiera salido con pintura azul a querer pintar a todos sus amigos de azul. Fue cuando lo persiguieron, fue cuando tuvo que esconderse, correr, gritar, llorar, sudar, y se dio cuenta de que ni sus lágrimas ni su sudor le quitarían lo azul. Fue cuando decidió zarpar, y ahí estuve yo, casualmente vestida de azul. Yo permití que tomara mi mano y la pintara de azul, que me mojara la cara con su saliva y la pintara de azul, yo permití que me subiera a un barquito azul y navegáramos por el mar azul y viéramos día y noche el cielo azul. Poco me costó escucharle y luego entenderle, poco me costó porque yo también nací en un cuarto azul.


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