Poca luz, muy poca luz. La bombilla debe estar destrozada y la penumbra del atardecer sólo nos permite ver las cosas a medias. El Gato se encarga de espantar a sus pares de cuatro patas. Todavía no acierto a preguntarme qué pasa, todavía veo todo como si nada fuera real, como si la tierra bajo mis pies no estuviera manchada de la sangre de mis zapatos. El Gato sigue dando vueltas buscando, yo no entiendo qué busca.
Respiro profundo, casi siento mi sangre correr como el mar y su resaca al dejar las rocas. Retengo la respiración y muero por un segundo, mi pulso aumenta y el sonido de mi sangre se hace más fuerte, me llega calma por unos instantes.
Al fondo, me explica El Gato, todavía quedan restos de vida: una cama y un colchón bastante sucio que podemos limpiar y con un poco de esfuerzo usar para dormir. La cocina está totalmente destrozada pero tal vez luego encontremos algo de comer. Yo cierro los ojos, es mi nueva manera de decir “sí”, hace mucho que no hablo, he perdido la necesidad, la voluntad, la esperanza necesaria para hablar. Alargo la mano y dejo que El Gato me arrastre por la casa vacía.
En el segundo piso encontramos algo extraño. Un precario escenario montado con sillas para niños y un simple espacio vacío delante. La mayoría de las sillas están rotas pero El Gato logra encontrar una más o menos estable, la limpia con su ropa sucia y me sienta ahí. Luego empieza a volverse loco: se sienta, se para, baila, intenta cantar, da vueltas alrededor mío, pone caras raras y hasta intenta recitar un poema absurdo de cuando éramos niños. Finalmente me doy cuenta de que lo que está buscando es hacerme reír y por darle el gusto lo intento, pero de mi cara el gesto que sale es tan extraño que El Gato se acerca con cara de preocupación y me abraza, y me acaricia el pelo como a una niña. Su cuerpo me reconforta brutalmente y hasta las lágrimas. Le sostengo la cara con las dos manos y le beso la frente y luego la cara de un lado y luego del otro, pienso en besarle la boca pero me reprimo y me acurruco en su pecho dejando que me abrace. Él es fuerte y siento que se ha propuesto cuidarme pero a veces sé que la madre protectora soy yo, sé que recurre a mí cuando su estabilidad está a punto de romperse, aun aquí en medio de la destrucción, en medio de la nada. Sé perfectamente que nos besaremos y hasta haremos el amor, pero será luego, luego de que vuelva a aprender a hablar… y a sonreír sin asustarlo.
Respiro profundo, casi siento mi sangre correr como el mar y su resaca al dejar las rocas. Retengo la respiración y muero por un segundo, mi pulso aumenta y el sonido de mi sangre se hace más fuerte, me llega calma por unos instantes.
Al fondo, me explica El Gato, todavía quedan restos de vida: una cama y un colchón bastante sucio que podemos limpiar y con un poco de esfuerzo usar para dormir. La cocina está totalmente destrozada pero tal vez luego encontremos algo de comer. Yo cierro los ojos, es mi nueva manera de decir “sí”, hace mucho que no hablo, he perdido la necesidad, la voluntad, la esperanza necesaria para hablar. Alargo la mano y dejo que El Gato me arrastre por la casa vacía.
En el segundo piso encontramos algo extraño. Un precario escenario montado con sillas para niños y un simple espacio vacío delante. La mayoría de las sillas están rotas pero El Gato logra encontrar una más o menos estable, la limpia con su ropa sucia y me sienta ahí. Luego empieza a volverse loco: se sienta, se para, baila, intenta cantar, da vueltas alrededor mío, pone caras raras y hasta intenta recitar un poema absurdo de cuando éramos niños. Finalmente me doy cuenta de que lo que está buscando es hacerme reír y por darle el gusto lo intento, pero de mi cara el gesto que sale es tan extraño que El Gato se acerca con cara de preocupación y me abraza, y me acaricia el pelo como a una niña. Su cuerpo me reconforta brutalmente y hasta las lágrimas. Le sostengo la cara con las dos manos y le beso la frente y luego la cara de un lado y luego del otro, pienso en besarle la boca pero me reprimo y me acurruco en su pecho dejando que me abrace. Él es fuerte y siento que se ha propuesto cuidarme pero a veces sé que la madre protectora soy yo, sé que recurre a mí cuando su estabilidad está a punto de romperse, aun aquí en medio de la destrucción, en medio de la nada. Sé perfectamente que nos besaremos y hasta haremos el amor, pero será luego, luego de que vuelva a aprender a hablar… y a sonreír sin asustarlo.
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