Ayer entré a la ducha del gimnasio y me di cuenta de que me había metido a la ducha equivocada. Cuando no sufres de manías que se reinventan todos los días, cuesta trabajo comprender a qué viene esto de la ducha equivocada, pero bueno, trataré de explicarlo:
Imagina la mano de tu madre al acostarte. Ella sabe que no debe cargarte, ni sobrealimentarte, ni llevarte a su propia cama, entonces lo único que hace es sonreírte y acariciarte la cabeza hasta que te hundes en su sonrisa y en el sueño. Una noche ella decide no hacerlo, entonces lloras, lloras porque la desolación se te mete en el estómago y tu padre, que no tiene ni la más remota idea de lo que necesitas, te carga, te mece, te acuesta a su lado y hasta te canta.
Bueno, esa es mi reacción a cualquier cambio, por un lado soy el niño que llora, y envez de llorar, me muerdo las manos, me cojo el cuello, muevo los pies de un lado a otro, miro a todas partes y entro en pánico. Por otro lado, soy el padre buscando un sustituto dentro del cambio, algo que, aunque no igual logro lo mismo.
Por eso fue demasiado tarde cuando ya en la ducha, me di cuenta de que no me había metido a la misma de siempre. Aprete los de dedos de los pies y miré a los lados. Poco a poco me vino cierta extraña tranquilidad, una tranquilidad fuera de lo común para momentos como estos. Me di cuenta de que si me concentraba lo suficiente me convencería a mí misma de que era la misma ducha de siempre. Entonces miré al centro, justo debajo del cabezal de la ducha y me imaginé del otro lado. Entonces sucedió, me había salvado de una pero llegó hasta mí algo peor. Me vino una idea que me hizo llorar a mares.
Me di cuenta de que el amor era algo como eso. Sólo en el amor, tú puedes olvidar la spequeñas diferencias, te puedes olvidar del lugar en el que estás y de la forma en la que ves o eres visto. Si, el amor es como estar dentro de uno de esos cubículos que son las duchas de los gimnasios, donde sabes que el mundo existe pero donde sólo tienes cabeza para respirar tranquilo y sentir el calor del agua sobre los hombros.
Ya iba a cerrar esta entrada pero... ¿entienden por qué lloré?
Imagina la mano de tu madre al acostarte. Ella sabe que no debe cargarte, ni sobrealimentarte, ni llevarte a su propia cama, entonces lo único que hace es sonreírte y acariciarte la cabeza hasta que te hundes en su sonrisa y en el sueño. Una noche ella decide no hacerlo, entonces lloras, lloras porque la desolación se te mete en el estómago y tu padre, que no tiene ni la más remota idea de lo que necesitas, te carga, te mece, te acuesta a su lado y hasta te canta.
Bueno, esa es mi reacción a cualquier cambio, por un lado soy el niño que llora, y envez de llorar, me muerdo las manos, me cojo el cuello, muevo los pies de un lado a otro, miro a todas partes y entro en pánico. Por otro lado, soy el padre buscando un sustituto dentro del cambio, algo que, aunque no igual logro lo mismo.
Por eso fue demasiado tarde cuando ya en la ducha, me di cuenta de que no me había metido a la misma de siempre. Aprete los de dedos de los pies y miré a los lados. Poco a poco me vino cierta extraña tranquilidad, una tranquilidad fuera de lo común para momentos como estos. Me di cuenta de que si me concentraba lo suficiente me convencería a mí misma de que era la misma ducha de siempre. Entonces miré al centro, justo debajo del cabezal de la ducha y me imaginé del otro lado. Entonces sucedió, me había salvado de una pero llegó hasta mí algo peor. Me vino una idea que me hizo llorar a mares.
Me di cuenta de que el amor era algo como eso. Sólo en el amor, tú puedes olvidar la spequeñas diferencias, te puedes olvidar del lugar en el que estás y de la forma en la que ves o eres visto. Si, el amor es como estar dentro de uno de esos cubículos que son las duchas de los gimnasios, donde sabes que el mundo existe pero donde sólo tienes cabeza para respirar tranquilo y sentir el calor del agua sobre los hombros.
Ya iba a cerrar esta entrada pero... ¿entienden por qué lloré?
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