Por mis poros fluyes como una corriente abrupta, rocosa, eres el cielo que ilumina mis venas.
El rojo de tus ojos me alimenta y tu piel me contamina.
Miro fijamente y sin nerviosismo el centro de tu cuerpo y lo imagino sin interrupciones toscas, duras y siento ya que lo huelo y que me inyecto de su perfume.
18 de junio del 2007
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