Praga me pareció muy paja, llena de ruido, de movimiento hasta con un toque de lo popular que me gusta de una ciudad, hasta que nos dio hambre e intentamos de entrar en un restaurante. Resulta que aquí no han inventado la ley contra el consumo de tabaco en zonas públicas. Así que por ahí hay uno que otro restaurante con zona de no fumadores. Parece el mundo al revés.
Después de aceptar que nuestros pulmones y ropa se tragaran el humo entramos en un restaurante y comimos una cena bastante respetable. Incluso después de buscar por toda Europa, encontramos una cerveza con sabor a cerveza.
El hotel fue otro problema, porque pedimos una habitación con baño privado y nos dieron una para compatirlo con otro baño. Una cagada. Cuando tratamos de arreglar el asunto tuvimos que pagar más por la habitación cuando Jü estaba seguro de que había reservado el cuarto más caro. Así que siempre nos quedó la idea de haber sido robados, cosa que trataron de hacer unas 3 o 4 veces algunas con éxito y otras con una conchudez inverosimil.
Caras de poto, medio idiotas, que me perdone mi amigo Peter, pero los checos son lo peor con lo que me he cruzado hasta ahora. Jamás una sonrisa, jamás una palabra amable. Sólo una debo sacar de todo eso y fue la niña que nos atendió en el hotel el primer día. Pero incluso Peter, por lo que me contó, no parece ser muy amable con los clientes en su librería.



No hay comentarios:
Publicar un comentario