En una superficie lisa y vertical dos hormigas no tienen mucha expectativa de vida, salvo si caes en la cuenta de que son hormigas y no humanos y que sus cuerpos soportan esas cosas de una manera casi mágica. Siempre he pensado en mí como un insecto, capaz de trepar paredes y de sobrevivir a caídas espantosas, volar cuando menos lo esperen y sentirme el único ser viviente en el mundo aunque tenga que vivir en un hormiguero.
Pero de vez en cuando, sólo de vez en cuando, un ser humano, que generalmente también me hace pensar en un bicho, se cruza en mi vida. Y ese bicho, extraño y aterrador, me hace sentir, paradójicamente y por un momento, como un ser humano frágil y vulnerable.
Recuerdas esa primera noche en la que embriagados de vino y ansiedad y terminamos revolcándonos como dos bichos en celo, recuerdas cómo inmediatamente me convertí en humano y saqué mis temores a la luz repitiendo como una desquiciada “tengo miedo tengo miedo tengo miedo” y tú me mirabas con esa cara tan gringa y tan perdida mientras yo seguía con la cantaleta “tengo miedo tengo miedo tengo miedo Ryan”, entonces tú sacaste tu romanticismo a la luz y me mandaste una de esas frases con las que quiero formar un libro de frases heredables pero no para ser repetidas si no más bien contadas: “Cómo hago para que una mujer tan sensible de cuerpo y de mente sea capaz de enseñarme a amar” e inmediatamente después, todo un bicho de nuevo me dijiste “¿ya no tienes miedo?” y empezamos a reírnos como yo pretendía nos reiríamos por el resto de nuestras vidas.
Al día siguiente, en el mueble de mi casa, recuerdo haber pensado que eras el peor amante de mi vida y “Ay Dios, no de nuevo, ¿acabo con esto o me dedico de nuevo a mi cátedra número uno de cómo hacerle el amor a Ligia Namuche” gracias a Dios o a cualquier otro ente superior que nos haya juntado, el mal sexo de esa noche era culpa de mi cansancio, del calor, del nerviosismo del momento y de la incomodidad del mueble de mi sala.
Ahora trato de recordar los buenos momentos, pero sé que tú los recordarás mejor que yo, si es que tu memoria no ha sido aturdida por cosas extrañas a mí. Nos imagino de nuevo bailando con vista al mar o en cualquier calle sólo para demostrarme a mí misma que sabías bailar mejor que yo; o nos recuerdo tirando sombreros sobre Larco Mar sólo para seguir jugando a quién inventa mejor teorías sobre lo absurdo que es el lenguaje... aunque yo nunca pude ponerle un orden absurdo al lenguaje ya que para mí el lenguaje, absurdo por naturaleza, sólo tiene una explicación: Fue hecho por seres humanos, Ryan, no por bichos como nosotros. Recuerdo haber recorrido nuestros cuerpos sin miedo y con la paz de los grandes mamíferos, esos que no tienen que trabajar o atender responsabilidades; y luego del amor, recuerdo haber seguido amándote ya sin pasión pero aún con dulzura.
Pero empezaste a viajar, y mi seguridad absoluta, mi tranquilidad envidiable y mi apacible y arrolladora soltura de insecto atormentado se convirtió en esa horrible tensión humana que se acumula en la base del cuello y que tan bien sabes quitar con tus manos, esas manos que cuando me tocan me hacen gemir sin miedo y en plena avenida 28 de Julio, esas manos que me hacen tomar un taxi para correr a un hostal y hacernos el amor sin pensarlo dos veces.
Pero, estaba en que empezaste a viajar y me entró el miedo de nuevo, y esta vez no estabas ahí, bicho encantador, para decirme una frase estúpida y preguntarme si todo había pasado. Está vez estabas ahí, más humano que yo, histérico y angustiado, tratando de superar mis miedos con los tuyos. Y yo salí de mis parámetros, de mis expectativas de ser lo que quiero ser y no lo que se debe ser, salí de todo lo que yo me he obligado a ser por ética, moral y decencia (a pesar de lo que dice la gente al respecto) salí de todo eso y te pedí cosas que sólo piden las mujeres, me convertí en una chica para matrimonio cuando ni siquiera creo que la gente deba casarse, me convertí en un ser humano hecho y derecho y traicioné nuestro pacto tácito de compromiso libre (valga la paradoja).
Pero entiende que el amor ciega y aloca y que a veces uno piensa que lo es todo, entiende, y te lo pido por favor, que de verdad pensé que tus problemas psicológicos y físicos sólo serían curados conmigo, y que lejos serías un ser humano triste y terrible, tenso y lleno de tics, poco amable y poco querido, que volverías con el rabo entre las piernas y los ojos rojos a tratar de amarme de nuevo y que yo, bicho antipático y desesperante, te esperaría también con los ojos rojos pero de odio y desamor (porque así soy de mala a veces).
Pero eso no puede ser, el amor no se puede prometer y esa es una de mis principales premisas de vida, el amor es una cosa impalpable, inodora e incolora, pero que a diferencia del aire tiene un sabor bastante agridulce. El amor, si es que existe, no se puede controlar y te enferma y destruye, te convierte en una cosa que no eres y te desmorona cada dos días. Pero, y de esto no quiero si quiera dudar en algún momento de mi vida, vale la pena porque te hace sentir vivo.
Por eso te pido disculpas por todas esas cosas que te pedí, por todo lo que hice y te hice hacer, yo creo firmemente que no tengo derecho a exigirte nada y que tú, sin embargo, tienes derecho a lo que consideres mejor para ti.
Ryan, en una superficie lisa y vertical, dos hormigas no tienen mucha expectativa de vida, salvo, claro, si caes en la cuenta de que son hormigas y no humanos, y que sus cuerpos soportan esas cosas de una manera casi mágica. ¿Somos hormigas Ryan, o caeremos juntos por esa superficie lisa y cuando nuestros cuerpos choquen tierra, no existiremos más el uno para el otro? ¿qué somos Ryan?
Pero de vez en cuando, sólo de vez en cuando, un ser humano, que generalmente también me hace pensar en un bicho, se cruza en mi vida. Y ese bicho, extraño y aterrador, me hace sentir, paradójicamente y por un momento, como un ser humano frágil y vulnerable.
Recuerdas esa primera noche en la que embriagados de vino y ansiedad y terminamos revolcándonos como dos bichos en celo, recuerdas cómo inmediatamente me convertí en humano y saqué mis temores a la luz repitiendo como una desquiciada “tengo miedo tengo miedo tengo miedo” y tú me mirabas con esa cara tan gringa y tan perdida mientras yo seguía con la cantaleta “tengo miedo tengo miedo tengo miedo Ryan”, entonces tú sacaste tu romanticismo a la luz y me mandaste una de esas frases con las que quiero formar un libro de frases heredables pero no para ser repetidas si no más bien contadas: “Cómo hago para que una mujer tan sensible de cuerpo y de mente sea capaz de enseñarme a amar” e inmediatamente después, todo un bicho de nuevo me dijiste “¿ya no tienes miedo?” y empezamos a reírnos como yo pretendía nos reiríamos por el resto de nuestras vidas.
Al día siguiente, en el mueble de mi casa, recuerdo haber pensado que eras el peor amante de mi vida y “Ay Dios, no de nuevo, ¿acabo con esto o me dedico de nuevo a mi cátedra número uno de cómo hacerle el amor a Ligia Namuche” gracias a Dios o a cualquier otro ente superior que nos haya juntado, el mal sexo de esa noche era culpa de mi cansancio, del calor, del nerviosismo del momento y de la incomodidad del mueble de mi sala.
Ahora trato de recordar los buenos momentos, pero sé que tú los recordarás mejor que yo, si es que tu memoria no ha sido aturdida por cosas extrañas a mí. Nos imagino de nuevo bailando con vista al mar o en cualquier calle sólo para demostrarme a mí misma que sabías bailar mejor que yo; o nos recuerdo tirando sombreros sobre Larco Mar sólo para seguir jugando a quién inventa mejor teorías sobre lo absurdo que es el lenguaje... aunque yo nunca pude ponerle un orden absurdo al lenguaje ya que para mí el lenguaje, absurdo por naturaleza, sólo tiene una explicación: Fue hecho por seres humanos, Ryan, no por bichos como nosotros. Recuerdo haber recorrido nuestros cuerpos sin miedo y con la paz de los grandes mamíferos, esos que no tienen que trabajar o atender responsabilidades; y luego del amor, recuerdo haber seguido amándote ya sin pasión pero aún con dulzura.
Pero empezaste a viajar, y mi seguridad absoluta, mi tranquilidad envidiable y mi apacible y arrolladora soltura de insecto atormentado se convirtió en esa horrible tensión humana que se acumula en la base del cuello y que tan bien sabes quitar con tus manos, esas manos que cuando me tocan me hacen gemir sin miedo y en plena avenida 28 de Julio, esas manos que me hacen tomar un taxi para correr a un hostal y hacernos el amor sin pensarlo dos veces.
Pero, estaba en que empezaste a viajar y me entró el miedo de nuevo, y esta vez no estabas ahí, bicho encantador, para decirme una frase estúpida y preguntarme si todo había pasado. Está vez estabas ahí, más humano que yo, histérico y angustiado, tratando de superar mis miedos con los tuyos. Y yo salí de mis parámetros, de mis expectativas de ser lo que quiero ser y no lo que se debe ser, salí de todo lo que yo me he obligado a ser por ética, moral y decencia (a pesar de lo que dice la gente al respecto) salí de todo eso y te pedí cosas que sólo piden las mujeres, me convertí en una chica para matrimonio cuando ni siquiera creo que la gente deba casarse, me convertí en un ser humano hecho y derecho y traicioné nuestro pacto tácito de compromiso libre (valga la paradoja).
Pero entiende que el amor ciega y aloca y que a veces uno piensa que lo es todo, entiende, y te lo pido por favor, que de verdad pensé que tus problemas psicológicos y físicos sólo serían curados conmigo, y que lejos serías un ser humano triste y terrible, tenso y lleno de tics, poco amable y poco querido, que volverías con el rabo entre las piernas y los ojos rojos a tratar de amarme de nuevo y que yo, bicho antipático y desesperante, te esperaría también con los ojos rojos pero de odio y desamor (porque así soy de mala a veces).
Pero eso no puede ser, el amor no se puede prometer y esa es una de mis principales premisas de vida, el amor es una cosa impalpable, inodora e incolora, pero que a diferencia del aire tiene un sabor bastante agridulce. El amor, si es que existe, no se puede controlar y te enferma y destruye, te convierte en una cosa que no eres y te desmorona cada dos días. Pero, y de esto no quiero si quiera dudar en algún momento de mi vida, vale la pena porque te hace sentir vivo.
Por eso te pido disculpas por todas esas cosas que te pedí, por todo lo que hice y te hice hacer, yo creo firmemente que no tengo derecho a exigirte nada y que tú, sin embargo, tienes derecho a lo que consideres mejor para ti.
Ryan, en una superficie lisa y vertical, dos hormigas no tienen mucha expectativa de vida, salvo, claro, si caes en la cuenta de que son hormigas y no humanos, y que sus cuerpos soportan esas cosas de una manera casi mágica. ¿Somos hormigas Ryan, o caeremos juntos por esa superficie lisa y cuando nuestros cuerpos choquen tierra, no existiremos más el uno para el otro? ¿qué somos Ryan?
Ligia Namuche
16 de febrero de 2003
No hay comentarios:
Publicar un comentario