En 19 días voy a pisar Viena, y la sensación que tengo no es la de felicidad absoluta, ni siquiera la del nerviosismo absurdo que no te deja comer. Siento como si el tiempo se me fuera de las manos, como si cada día avanzaran 7 u 8. Y no es que no quiera ir, es que lo quiero demasiado.
Cuando hago tae-bo con Vanesa, llega un punto en el que ya no siento cansancio, como si pasara el nivel del cansancio y luego solo siguiera. Es lo mismo con lo de Europa, es tan grande el asunto: Jürgen, su familia, sus amigos, el matrimonio, el viaje largo que vamos a hacer, es todo tan maravilloso, que la felicidad ya no se siente como felicidad, siento como si estuviera en la rueda del hamster, en contínuo movimiento, tratando de alcanzar el techo sin poder lograrlo.
19/6/08
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